jueves, 14 de julio de 2011

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Esta angustia que dilata mis pupilas se llama llorarte. 

Y así es como comienzan todos los finales, con alguna miserable esperanza de conocer algo distinto.  De pronto me encontré frente a frente con algún detalle de tu rostro y lo escondí. Deposité las noches que dormiste a mi lado en un libro cualquiera en una librería que ya no visito. Aguanté todas las miradas en un simple gesto de cerrar los ojos y luego las dejé caer lentamente sobre el camino que se despedía. Y nunca es nunca cuando aún me atrevo a decir que estos sentimiento nacen sobre mi cuerpo. Las voces se han enmudecido, me han devorado las palabras precisas para describir algún recuerdo. Y hoy me levanté sin conocer las caídas que me nombraban, sin conocer la despedida que esperaba para llevarme de manos al delirio. Y llorarte es dulce, porque nunca supiste las veces que te susurré al oído mientras dormías. Admito que todos los vacíos son palabras que escribo cuando ya no siento ningún deseo.

Entonces, sabíamos que ya no existían remedios para curarnos.

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